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Conversación con el Dr. Simón Malo,
Rector de Zamorano 1979-1992



Simón Malo llegó por primera vez al campus de Zamorano en marzo de 1951, para realizar sus estudios profesionales. Tres años después obtendría su título como agrónomo, siendo uno de los dos únicos ecuatorianos entre los 50 jóvenes graduandos de su grupo.

Impartió producción de cultivos frutícolas en Zamorano por algunos meses antes de viajar a Florida para trabajar en la Universidad de Miami bajo la orientación del catedrático universitario especializado en horticultura. El Dr. Malo se trasladó después a la Universidad de la Florida, en Gainesville, para obtener su grado de Licenciatura [B.S.] en Agronomía y Horticultura, seguida por una Maestría en Horticultura, que terminó en 1960. Administró un vivero por un año antes de iniciar su Doctorado en Frutas Tropicales, que concluyó en 1964.

Posteriormente, el Dr. Malo se convirtió en director del programa de frutas tropicales en lo que ahora se conoce como Centro de Educación e Investigación Tropical del Instituto de Ciencias Agrícolas y de Alimentos de la Universidad de la Florida, en Homestead. En 1969, mientras se encontraba en un viaje de negocios en El Salvador, la Dra. Catherine Coolidge, miembro de la junta de Zamorano, lo buscó y le pidió que se uniera a la Junta de Fiduciarios. Él aceptó y se convirtió en el segundo Zamorano que prestara sus servicios a este nivel.

Al final de los años setenta, Zamorano se encontraba en una encrucijada y con necesidad de un dirigente vigoroso; situación que para nadie era más evidente que para el Dr. Malo. Y por tanto, en otoño de 1978, después de que sus colegas de la junta le pidieron con insistencia que asumiera un papel de liderazgo, accedió. Fue así como en enero de 1979, el Dr. Simón Malo regresó a su alma mater como rector.

El Doctor prestó sus servicios en Zamorano, conocida como Escuela Agrícola Panamericana, o en las palabras del Dr. Malo, "una grand école, al estilo de las grandes instituciones educativas de Francia", de 1979 a 1992, el período más largo que un rector haya fungido como tal en Zamorano. Durante este tiempo la escuela experimentó un enorme crecimiento y cambio, se convirtió en institución educativa mixta en 1980; en la actualidad las mujeres representan una tercera parte de todos los estudiantes; y asimismo el cuerpo estudiantil aumentó su número en más del doble: de 256 estudiantes en 1979, a 617 en 1992. Docenas de nuevos profesores fueron contratados, el currículo se amplió, y se construyeron nuevos laboratorios, plantas de procesamiento, aulas, y dormitorios. Muchas de las mejoras que se hicieron durante este periodo –incluyendo el gran número de árboles plantados en el campus– son aún evidentes en la actualidad.

En los años noventa, el Dr. Malo se retiró a una pequeña ciudad de EE.UU. en el estado de Kansas, con su esposa, la Dra. Valerie Wright. Luego escribió un histórico relato de la fundación y desarrollo de la escuela, Zamorano: Enfrentando el Reto de la America Tropical. El Dr. Malo continúa su actividad en la investigación y educación agrícola tropical, mientras que la Dra. Wright, una consumada catedrática de entomología, presta actualmente sus servicios como directora educativa en la estación de investigación de la pradera de Konza de The Nature Conservancy.

El Dr. Malo regresó a Honduras el 20 de junio de 2009, como orador del Primer Congreso de la Mujer Latinoamericana, evento patrocinado por Zamorano para celebrar 25 años de la promoción de mujeres en la Escuela. El Dr. Malo pasó la semana siguiente en el campus, reuniéndose con el profesorado, estudiantes, y personal, volviendo a hacer contacto con viejos amigos, y compartiendo algunas de sus anécdotas e ideas sobre Zamorano, su historia, y su importancia para Latinoamérica. A continuación algunos fragmentos de una conversación que mantuvimos con el Dr. Malo durante su visita al campus en junio.

¿Cómo se siente estar de regreso en Zamorano?
Me he sentido muy impresionado. De hecho estaba un poco nervioso antes de venir, porque no había estado aquí por varios años y no había conocido al Dr. Hoadley (actual rector de Zamorano). Pero pienso que es un hombre con un gran sentido común, y me complace que entienda tan bien la escuela. De igual manera me ha sorprendido agradablemente que los encargados de las carreras tengan tanta dedicación, o "mística," como la llamamos aquí. Ese es un cumplido que significa que uno tiene dedicación y amor por su trabajo.

Cuénteme acerca de lo que era ser un estudiante aquí en los años cincuenta.
Recuerdo que significaba trabajar muy duro, pero aprendí mucho. La escuela todavía era muy nueva, y el Dr. Popenoe (rector fundador de la escuela) tenía un gran enfoque en el aprendizaje práctico en todas las áreas. Fui también afortunado, porque había estudiado bachillerato, mientras que algunos de mis compañeros habían estudiado sólo un año, tal vez, o quizá menos, y los pobres muchachos siempre estaban a la zaga, su preparación era tan deficiente que resultaba trágica. Cuando el Dr. Paddock fue rector (1957-1962) empezó a requerir diplomas de bachillerato: una muy importante decisión que mejoró la calidad de la educación para todos.

Yo me gradué en marzo de 1954, y justo después de eso un profesor escocés de horticultura dejó súbitamente la escuela, así que el Dr. Popenoe me pidió quedarme e impartir sus clases; yo estaba encargado de los viveros de cultivos frutícolas, la mayoría de mis estudiantes eran de mi edad o mayores que yo, y en realidad creo que el único que se benefició fui yo: fue una lección valiosa respecto a cómo educar a las personas.

¿Entonces fue a la Universidad de la Florida para continuar su educación?
Si; obtuve ahí mi Licenciatura [B.S.], mi Maestría, e hice mi Doctorado, estudiando frutas tropicales; siempre han sido mi especialidad. También di clases ahí, y luego fui contratado para trabajar en la Estación Experimental de Homestead, que es realmente el mejor lugar para estudiar y trabajar con frutas tropicales.

¿Cuándo y por qué se convirtió en fiduciario de Zamorano?
Bueno, primero porque se me solicitó. Catherine Coolidge, la hija de Thomas Jefferson Coolidge –un hombre muy importante, uno de los primeros miembros de la junta de Zamorano, y que había ayudado a fundar la escuela– se reunió conmigo mientras yo me encontraba en un viaje de negocios en El Salvador, y me pidió que me uniera a la junta; eso fue en 1969.

También, porque creo que si a uno le preocupa algo, uno lo respalda; eso es lo que uno hace. Yo era un graduado de Zamorano, no podía simplemente quejarme de los problemas que veía; tenía que ayudar.

Esto nos lleva a 1979, cuando usted se convirtió en rector de Zamorano.

La escuela se encontraba en una situación muy precaria: estábamos teniendo muchos problemas para conseguir profesores, se estaba consumiendo nuestro pequeño fondo dotal, había problemas con el abastecimiento de agua y electricidad de la escuela, y teníamos poca exposición y ninguna colaboración con otras universidades. Alguien me dijo, "si tanto reniegas, ¿por qué no haces algo al respecto?". Y me di cuenta que debía hacerlo; así que en el término de una semana obtuve un permiso para ausentarme de la Universidad de la Florida.

… y llegó como rector de la escuela en enero de 1979. ¿Cuáles fueron algunas de las primeras cosas que hizo?
Antes de llegar ya había contratado a dos personas: el Dr. Pablo Paz, agrónomo; y Nancy Erickson, profesora de química. Yo diría que pasaba 90 por ciento de mi tiempo buscando gente, y si surgía la oportunidad de contratar a un excelente profesor, lo hacía, aunque no tuviera inmediatamente un puesto para él o ella.

También contraté a un instructor de inglés –un hombre británico- que era muy bueno y también muy estricto. Realmente necesitábamos mejorar la calidad de nuestra capacitación en el idioma inglés. Reprobó a muchos estudiantes, y ellos se quejaban; pero yo les decía, “el inglés es el idioma más importante en la ciencia, especialmente en agronomía”.

Zamorano tenía una gran necesidad de más catedráticos con doctorado, y de profesores bien preparados, para elevar la calidad de la educación y nuestra reputación externa. Al principio el profesorado se oponía con fuerza a muchos de mis cambios porque no tenían ningún contacto con los Estados Unidos y no entendían la forma en que necesitábamos mejorar nuestro currículo para hacerlo competitivo y significativo; pero al ir mejorando la situación de la escuela, muchos de ellos se convencieron.

Cuénteme sobre algunos de sus primeros logros.
La obtención del estatus de "Misión International " –estatus M.I.– representó una gran diferencia para nosotros, y eso tomó unos dos años conseguirlo. El estatus permite que se puedan mudar a este sitio profesores extranjeros con su menaje de casa y pertenencias y no pagar impuestos por ello. Anteriormente competíamos con otras instituciones internacionales de Latinoamérica y de cualquier otra parte que contaban con tal estatus, y nos hacía menos competitivos al tratar de contratar catedráticos extranjeros y locales; también tuvimos la posibilidad de comprar equipo y vehículos sin pago de impuestos, puesto que somos una organización sin fines de lucro con fondos de concesiones, becas y similares; el estatus M.I. dio como resultado una diferencia significativa.

También negociamos la renovación del contrato de la escuela. Los fundadores habían obtenido un contrato que nos permitía operar en Honduras por cincuenta años, y faltaban diez años para su expiración, de manera que trabajamos con el gobierno hondureño y obtuvimos renovación del contrato por cincuenta años más.

¿Cómo empezó a reconstruir el campus?
Bueno, pues la infraestructura de agua y electricidad necesitaba atención inmediata. El sistema eléctrico era el mismo que se había instalado cuando el Dr. Popenoe estaba construyendo el plantel, de manera que empecé a buscar donaciones. Habíamos estado recibiendo pequeñas contribuciones por parte de “Escuelas y Hospitales Americanos en el Extranjero” (ASHA, por sus siglas en inglés), una agencia gubernamental de EE.UU.; así que invité a su director para que conociera Zamorano. ASHA nunca había visto antes el sitio, y luego de esto nos otorgaron una donación mucho mayor, que utilizamos para empezar la renovación de los sistemas hidráulico y eléctrico. El siguiente año nos otorgaron una cantidad significativa de fondos adicionales, y empezamos a renovar todos los laboratorios.

El Centro Kellogg fue otro ejemplo a donde invitamos a representantes de alto nivel de una institución para que conocieran Zamorano y todo el bien que estábamos haciendo. Nos donaron fondos para crear un centro de capacitación, y le anexamos algo más: funcionaría también como hotel, ya que los visitantes que asistieran a recibir cursos necesitarían un lugar para quedarse.

El arquitecto que estaba diseñando muchos de los edificios nos estaba cobrando un alto porcentaje sobre los contratos, y su cotización para el proyecto Kellogg era exorbitante, así que le pedí a mi hermano, que era arquitecto en Ecuador, que nos ayudara. Algunas personas pensaron que le estaba haciendo un favor, pero terminó cobrándonos $25,000 por el Kellogg y nada por el edificio de la cafetería. ¡Qué favor!

¿Hay otros cambios que podría usted señalar?
Bueno, una cosa que ha cambiado es que ya no hay búfalos de agua. Desearía que Zamorano no se hubiera desecho de ellos. Son grandes animales de los que se puede aprender mucho, y que le van bien a una familia agrícola. Cada uno de ellos son un pequeño tractor, las personas consumen la carne, y la leche produce excelente queso. Alrededor de 1984 ó 1985 pedí el apoyo de John Negroponte –quien era entonces embajador de los Estados Unidos–, y él dispuso el transporte de búfalos de agua y ovejas de vientre negro, de Trinidad a Zamorano; creo que aún hay algunas de las ovejas.

¿Qué extraña de la vida en Zamorano?

Pues no extraño lidiar con la Junta; eso era siempre la parte más difícil del trabajo. Pero lo es porque ellos están entregados a la institución. Por supuesto extraño el contacto con los estudiantes y los profesores, y también la actividad; el carácter distintivo de hacer las cosas con las propias manos, que impacta de manera positiva a todos en este campus.

¿Se siente satisfecho?
Definitivamente; aquéllos fueron los mejores años de mi vida; difíciles como un demonio, me hice hipertenso, pero Zamorano bien lo vale. Yo les digo a las personas que es una escuela –no una universidad– porque es como las grandes instituciones de Francia iniciadas por Napoleón, llamadas grandes écoles [grandes escuelas]. La Escuela Agrícola Panamericana es la grande école de agricultura en el mundo tropical.

Me siento orgulloso de haber podido ayudar tanto a Zamorano. Y les digo a los administradores, los catedráticos y los estudiantes: si me necesitan, sólo pónganse en contacto conmigo; aún sigo por ahí.

 

Para conocer más sobre la Dra. Valerie Wright de Malo haga click aquí.

Si desea contribuir con el fondo de becas Dr. Simón Malo utilice por favor nuestra página de donación, o siéntase en confianza de ponerse en contacto con Mary Ellen Flather en los Estados Unidos, al (202) 737-810; ó con Jacqueline Foglia, al (504) 287-2224 en Honduras.


Past and present Zamorano presidents enjoying a moment
at the Uyuca Biological Reserve.

 



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Escuela Agrícola Panamericana Zamorano. Honduras, Centro América. 2009